El sincretismo cultural: juntos pero si revueltos

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El sincretismo cultural es un proceso de interacción entre culturas mediante el cual estas asimilan los rasgos más significativos de una y otra. Las fuentes más comunes se refieren al sincretismo cultural como al proceso de transculturación y mestizaje. Pero bien, ¿qué hay más allá de ese proceso? ¿Qué implica el proceso de transculturación y mestizaje?

Es usual encontrar, al lado de nuestra taza de café matinal, una primera plana en la que se anuncia la propuesta de una ley anti inmigrantes como la del estado de Arizona; que se construya una pared limítrofe para separar a los Estados Unidos del “resto de América” —seguro con el paso de los años se convertirá en maravilla del mundo al igual que la Muralla China—, y que se rechacen proyectos de ley como el Dream Act, que permitiría a miles de estudiantes indocumentados obtener una residencia para vivir y trabajar legalmente en los Estados Unidos después de terminar sus estudios secundarios o universitarios.

Hispanos versus americanos: esa realidad maniquea encarada por la sociedad estadounidense quizá vaya más allá de un simple conflicto etnológico y de las afiebradas proclamas callejeras y esté sentando los primeros referentes de una nueva cultura. Referentes cada vez más tangibles que se manifiestan, entre otros aspectos, en el idioma, en la comida, en las costumbres.

El spanglish, por ejemplo —ese pseudoidioma chapucero que nos da risa y usamos a diario por nuestra comodidad, que es la simplificación forzosa del inglés y el español— rompe con el bilingüismo que muchas veces no permite la comunicación entre los hablantes de uno y otro idioma. Hoy el spanglish es una herramienta práctica y eficaz de comunicación.

Celebramos las cenas de “Thanks Giving” sentados frente a una mesa dispuesta de chicharrón o arepas o tacos o cebiche y botellas de Postobón o de Inca Kola o Freskolita. A mí, por ejemplo, unos argentinos me invitaron a un asado, unos peruanos a comer chifa, unos mexicanos a tomar tequila y cervezas y unos colombianos a una cena (y me pidieron que llevase arroz con leche peruano).

Compartir un aula universitaria con un joven color mate, escurridizo y lampiño, que se llama Bruce Carrasco, que cuando se presenta ante el salón el primer día de clase, cuenta que es de Estados Unidos y paladeando un español miserable dice que se llama Brras Carascou. Y que la pantalla de nuestros televisores salte del Late Show de David Letterman a La descarga de Albita canturreando en los estudios de Mega TV.

Hace poco tuve la oportunidad de pasar unos días en la ciudad de Houston, Texas. Al llegar, en el aeropuerto, una voz hispana anunciaba por el parlante la hora de partida y llegada de los vuelos. En el aeropuerto me esperaba un chofer de nombre Guliber que me transportaría al hotel. Nos saludamos con un inglés más bien parco, áspero y continuamos así, parcos y ásperos, hasta el auto, talking about the weather. En el auto, después de unos minutos de silencio sostuvimos una amena conversación en un español impecable y me recomendó los mejores restaurantes de comida mexicana de la ciudad —de fondo sonaban canciones de la estación de radio La Qué Buena—. Por las noches, en el hotel, cuando bajaba al bar a tomar una copa de vino antes de dormir, la muchacha, que parada del otro lado de la barra preguntaba “what’s having the gentleman tonight?”, respondía con “órales” y “ándeles” a las órdenes de su jefe. El día del regreso, en el “George Bush International Airport”, tres horas antes del vuelo, en la taquería “La Panchita”, del terminal A, una joven de cabellos dorados y ojos turquesa que llevaba colgada una plaquita con el nombre Molly me sirvió un “breakfast burritou con guacamoulei”.

El sincretismo es un fenómeno inevitable cuando se encuentran dos o más culturas bajo el mismo techo. Las legislaciones mezquinas, como la de Arizona y la que rechazó el Dream Act, son solo titulares de primera plana o noticias polémicas que vemos sentados desde la comodidad de nuestro sillón en el noticiero de las once antes de dormir. El proceso va a darse de manera cíclica. Concluirá. Así como en algún momento sucedió con las culturas romana e ibérica, española e indígena, por mencionar algunos ejemplos. Los personajes de ambos bandos, después de todo, no serán buenos ni malos, sino simplemente sujetos que buscaron defender lo suyo. Es difícil conciliar entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo racional e irracional, pero a veces hay que hacerlo. No todo es negro y blanco: también existen los matices. No debemos olvidar que, a lo largo de la historia de la civilización, estas mezclas han dado valiosos aportes a la humanidad, como nuevas razas, lenguas y comidas.

¿O no es así?

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2 Comentarios

  1. Para que “chapurrear” dos lenguas, cuando ambas, tarde o temprano, se fusionaran para procrear una 2ª generación de expresiones.
    Ese mestizaje tan bien proyectado con el sincretismo, no es más que la consecuencia de nutrirse de nuestro entorno allá donde vayamos (o acabemos), si no, con el lenguaje no verbal y los ademanes, nos servirían.
    Tema arduo.

    Me gustaría terminar mi humilde comentario con una cita de Chombart de Lauwe en uno de sus estudios: “”un barrio urbano no está determinado solamente por los factores geográficos y económicos sino por la representación que sus habitantes y los de otros barrios tienen de él”.

    Mis felicitaciones por el texto 😉

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