Una gran casa en la selva

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Para Pedro Lluen, que hizo de Miami también su ciudad

Con apenas una década de fundada y siendo una pequeña aldea de pescadores, Miami empezaba a captar la atención de inversionistas y empresarios. Flagler, Brickell, fueron algunos de ellos, y sus nombres resaltan de manera inmediata. El caso de James Deering quizá no nos sea tan familiar, aunque sí el legado que dejó.

Deering, vice presidente de International Harvest Company of Chicago, soltero, de cincuentaicinco años, que vivía entre New York, París y Chicago, decidió pasar en Miami las temporadas de invierno lejos del frío de aquellas ciudades. Para ello necesitaba construir lo que sería su residencia y que alguien acorde con sus modales refinados y exquisitos se hiciera cargo de la obra. Bajo la recomendación de Mary Brickell, contrató a Paul Chalfin, un decorador y artista neoyorquino con estudios de Harvard y la École des Beaux-Arts de Paris.

Amante de la naturaleza, Deering quizo que la residencia fuera en la selva -lo que es hoy Coconut Grove-, en tierras que pertenecían a Mary Brickell. Así, en 1912, después de las negociaciones y formalizar otros aspectos, Deering y Chalfin partieron a Europa para familiarizarse más con los diseños arquitectónicos y artísticos del momento. Recorrieron Francia, España, Italia, y fue una villa veneziana la que los cautivó e hizo que optaran emular su estilo. Más adelante por determinación de Deering y no tanto de Chalfin, se decidió que la casa llevaría un nombre y sería español: Vizcaya.

En 1914 empezó la construcción de la casa, con el propósito de terminarse en el verano de 1915. Como fuente de trabajo fue fabulosa: empleó a más de mil personas, muchas de ellas incluso llegaron de otros estados. Para asegurar el éxito de la empresa, Chalfin se rodeó de un staff de lujo: el joven arquitecto Francis Hoffmann y el experto en jardinería Diego Suarez, entre otros. Las piezas, los acabados y adornos, fueron mandados a hacer o traer desde los países que habían visitado Deering y Chalfin en su previo viaje a Europa. Vizcaya era el gran proyecto de Chalfin, no escatimaba.

Pero la construcción demoró más de lo establecido: el clima no la favoreció, la geografía pantanosa tampoco, ni la ausencia de algunos materiales, y mucho menos la Primera Guerra Mundial que retrasó los envíos desde el Viejo continente y enroló en el ejército a muchos de los obreros. En 1916 Deering partió hacia París a desconectarse de Miami, dejaría todo en manos de Chalfin. Y hacia la mitad del verano de ese mismo año, Chalfin recibió un ultimatum: los familiares de Deering pasarían las fiestas en Miami, Vizcaya tenía que estar terminada para el 15 de diciembre. Vizcaya le fue entregada a Deering un día antes de navidad, dos años y medio después que se iniciara la construcción, y se inauguró con una gran fiesta. Lo que no se terminó en esa fecha fueron los jardines, tardaron siete años más.

Deering gozó de Vizcaya poco tiempo, falleció en 1925. Al año de su muerte, un huracán azotó a la ciudad ocasionando graves daños en la casa. Chalfin quizó refaccionarla y hacer de ella un museo, pero en 1935 fue arremetida nuevamente por otro huracán y los destrozos fueron mayores. Entonces las sobrinas de James Deering se hicieron cargo de Vizcaya hasta 1952 en que le otorgaron la propiedad al condado de Miami Dade.

Desde 1953 Vizcaya es un museo abierto al público, con más de 2000 piezas de arte en exposición, jardines que la National Geographic ha catalogado como “unduplicated in America” y en 1994 fue declarada patrimonio histórico nacional.

Vizcaya está próxima a cumplir cien años, y si bien el tiempo no ha pasado en vano por ella, mantiene ese esplendor que la hizo única desde el primer momento.

Artículo publicado en El Nuevo Herald el 7 de junio de 2015.

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