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La gran masacre de Miami

La tarde del veinte de abril de 1982, Carl Robert Brown, de 51 años, llevaba un Panama Hat en su cabeza de escasa cabellera, y pedaleaba su bicicleta cerca del Miami River, a la altura de la 17th street del Northwest, cuando fue embestido por dos sujetos que le dispararon a quemarropa con una calibre 38. Las sirenas azules y rojas de las patrullas llegaron al lugar de los hechos, y los asesinos, Ernest Hammett y Mark Kram, dijeron haber disparado el arma porque Brown, minutos antes, a pocas cuadras, había abierto fuego y cobrado más de una vida en el taller de soldaduras y reparaciones Bob Moore’s Welding and Machine Shop.

La violencia de los años ochenta marcó un antes y un después en Miami. Los crímenes perpetrados por los cárteles colombianos, como aquel tiroteo sangriento en la puerta del Dadeland Mall, y los famosos Riots, esas reyertas callejeras raciales que no tienen diferencia con las que llenan hoy los titulares de nuestras pantallas, hicieron que la ciudad perdiera la estampa de resort o de cuartel de invierno para los angloamericanos que venían a pasar desde New York, Seattle, Virginia, los meses más fríos del año. Pero más allá de estos casos que el sensacionalismo se ha encargado de llevar a las pantallas chicas y grandes en numerosas teleseries y películas, la hostilidad se vivía a toda escala y en cualquier esquina.

Carl Robert Brown se mudó a Miami en 1955, después de haber sido dado de baja del Navy. Estudió Education en la University of Miami (UM) y se dedicó a la docencia en el Hialeah Jr. High School. Brown llegó al sur de la Florida desde Chicago, y se encontró con una comunidad afroamericana no menor y una latinoamericana que crecía exponencialmente y empezaba a opacar al anglo. Los problemas de índole racial no tardaron en manifestarse dentro del desempeño de Brown entre sus alumnos, quienes lo denunciaron en repetidas ocasiones de comentarios y ofensas racistas e incluso sexistas. En un intento por menguar los ánimos, Brown fue transferido al Drew Middle School; hecho que de poco sirvió: solo unos meses más adelante fue denunciado. Después de analizar el caso, el director de la escuela hizo que se emitiera una orden en la cual se le separaba de sus labores temporalmente, por desequilibrios mentales, hasta que se pusiera en manos de un médico y lo autorizara a reincorporarse.

La mañana previa a que Hammet y Kram acabaran con la vida de Brown –quien ya contaba con la autorización del psiquiatra y pronto retornaría a la escuela– este acudió a Bob Moore’s Welding and Machine Shop a instalar el motor de una podadora de césped en su bicicleta, para darle más potencia. El servicio fue de veinte dólares, monto que le pareció excesivo y, tras un altercado con el manager, se retiró bajo amenaza de que volvería a ajustar cuentas. Y así fue: al día siguiente, cerca a la hora de almuerzo, Brown apareció por Bob Moore’s, armado con un rifle Ithaca. Primero ingresó por las oficinas y las víctimas fueron tres. Luego pasó por las áreas de trabajo y aumentaron a ocho. Y con veinte cartuchos más de bala en el bolsillo, se puso el sombrero y salió en busca de su bicicleta. Hammet y Kram no fueron sentenciados por matar a Brown, tampoco quedó claro quién apretó el gatillo, argumentaron que ambos lo hicieron a la vez; y las declaraciones forenses indicaron que Brown pudo haber padecido de esquizofrenia.

La matanza en Bob Moore’s Welding and Machine Shop es, a la fecha, considerado el mayor asesinato en masa que haya cometido una persona en la historia de Miami.

Artículo publicado en el Nuevo Herald el día 21 de agosto de 2017.